Ni me miras ni respiras, ni juegas ni sonríes, ni te pierdes ni te encuentras, ni saludas ni te vas. Agitada y combulsa, calmada pero azotada por el viento de un terrible pensamiento. Amargura o soledad, ya no sabes distingirlas. Descabellados y oscuros sueños que viajan de mente en mente intentando no ser sorprendidos por sus dueños. Y tú, escondida en una cárcel de cristal, me miras mal mientras intento acercarme. Persiguiendo metáforas, anhelos, lunas y flores por un mar que parece desierto, me pierdo entre el sabor de tus labios vetados para mí. Corriendo sin rumbo por un camino que me deja la suela de los pies ensangrentada, pero no me importa, porque al final, me esperas tú.
Mis pupilas te buscan y mi mente se vuelve loca buscando la última vez en la que me dejaste amarte sin reservas. En una esquina de mi portal personal se encuentra mi amor, esperando para picar a tu puerta, muriéndose de frío por las oscuras calles. Quizá haya llegado el momento de tumbarse a descansar, de dejar de llorar, de vivir y callar, o puede que tan solo necesita hundirme un poco más. Porque cuanto más bajo estoy más claro lo veo todo, y lo que quiero es volver a vivir en nuestra nube, alimentándonos del aire, viviendo de la nada y del todo, de lo oscuro y lo claro que habita en duerme vela en nuestros corazones, encandilados por algo tan misterioso y etéreo como lo es el amor.
Y quizá, en un arrebato de locura contenida, piense que puedo volar, y quizá en un ataque de sobriedad decida que ya basta, que ya basta de todo, porque en la nada me pierdo y en la inmensidad de la vida me agobio y me estreso y huyo muy lejos porque no me quiero enfrentar a nada ni a nadie. Dormir, eso es lo que necesito, dormir. Pero dormir en tus brazos, porque sino dormir pasa de ser necesario a no valer la pena. Y esconderme en tu pelo, en tus brazos que me protegen de el mayor enemigo que he tenido y jamás voy a tener: Yo misma.
No intentes encontrarle el sentido a algo que no lo tiene.
Ven, me apetece bailar esta noche. Me apetece salir a helarnos de frío mientras yo corro y tu me persigues y el vaho que sale de mi boca se ve interrumpido por la tuya.
Ven, me apetece pintar estrellas en el cielo esta noche. Me apetece contarlas una a una y decirte que todas ellas no podrían brillar tanto como lo hacen tus ojos cuando me miran.
Ven, me apetece soñar esta noche. Me apetece sentarnos en el sofá tapadas con una enorme manta, y entrelazadas, soltar pensamientos de futuro al aire.
Ven, me apetece cocinarte algo esta noche. Me apetece hacerte algo de pasta, encender unas velas e improvisar una cena con All Time Low de fondo.
Ven, me apetece ver una película esta noche. Me apetece abrazarte y perdernos en otro mundo, o quizá en dos o quizá ni tan solo dejar que la peli se acabe.
Ven, me apetece hacerte mía esta noche. Me apetece recorrer tu piel a besos mientras mis manos te hacen suspirar sin remedio.
Ven, me apetece decirte cosas bonitas al oído esta noche. Me apetece enredar mis dedos en tu pelo mientras te susurro que eres la chica más bonita que jamás pisará esta tierra.
Ven, me apetece dormir a tu lado esta noche. Me apetece sentir como el sueño nos derrota y, fundiéndonos en una, intentamos dormir pese al frío de mi habitación.
Ven, ven a mi lado todas las noches, ven a pasar las horas muertas conmigo... Para siempre.
Pasaba mi mano por tu espalda desnuda, dibujando con la yema de mis dedos figuras incoherentes. Dormías, o al menos, eso creía yo. Hacía varias horas que el sol se había asomado por las persianas entreabiertas de mi ventana y la luz, plácida y cálida, se paseaba por tu piel con la misma delicadeza que mi mano. Tu cabello rojo caía en cascada por la almohada con fundas negras. Enredé mi meñique en uno de tus mechones rizados y sonreí. Tu rostro parecía en paz, sereno a la vez que feliz.
Empecé a besarte el hombro, como una pequeña tentativa para sacarte de tu sueño. Por una vez, la realidad era mejor que el mundo onírico donde solía perderme para buscarte. Pero aquella mañana no lo necesitaba. Te tenía entera para mí, sin restricciones, sin reglas, sin compromisos, sin ataduras, solas tú y yo, en mi cama deshecha por la pasión de una noche en vela. Éramos poesía, incluso cuando tú estabas durmiendo y yo envenenando tu cuerpo con mis besos.
Abres los ojos justo cuando decido morder ligeramente el lóbulo de tu oreja y la sorpresa hace que de tu boca se escape un suspiro, suspiro que rescato con mis labios.
- Buenos días. - Te digo con una media sonrisa. Parpadeas un par de veces, me abrazas y bostezas. Te escondes y de repente, dejas de ser la chica segura que todos creen conocer y te conviertes en mi niña, mi pequeña chica asustada de un mundo hostil y cruel. - Duerme. - Te susurro al oído, pero te revuelves y me miras con tus grandes ojos castaños brillando tan intensamente, que soy incapaz de mantener la vista fija en ellos. Me muerdo el labio nerviosa.
- ¿Qué pasa? - Preguntas inquieta. Se me escapa la risa y te molesta. Crees que me río de ti, pero nada más alejado de la verdad.
- Nada.- Te miro, y esta vez, mantengo mis ojos clavados en los tuyos.- Simplemente, soy feliz.
Ríes y me abrazas con fuerza, intentando que entre nosotras no quede ni un solo centímetro.
Y créeme cuando te digo que daría mi alma maldita por poder despertar cada mañana a tu lado. Porque es imposible resistirse a ser feliz cuando, estando contigo, me resulta tan fácil serlo.
Podaba las rosas de su jardín una soleada tarde de Abril. Pequeñas gotas de sudor resbalaban por su espalda y frente. Diminutas perlas de esfuerzo que descendían por su pálida piel. Aquellas dos horas que dedicaba a su jardín las nombraba "las horas muertas". Solo estaban ella y sus flores, la hierba en sus pies desnudos, la pequeña naturaleza floreciente en sus manos. Y era en aquellos preciosos momentos de paz en los que se dedicaba a pensar, a recordar, a perderse en su propia mente, fuese lo que fuese lo que hubiese en su interior. Su cabeza, siempre llena de ideas, de proyectos, de problemas por solucionar, de tareas pendientes... Se despejaba por un par de horas, dejando atrás cualquier cosa que fuese negativa. Siempre pensaba que sus ratos a solas la salvaban de la incipiente locura que se cocía a fuego lento en algún rincón de su mente estúpida.
Pasó la yema de sus dedos por uno de los pétalos de sus flamantes rosas. Ahora era cuando más espléndidas estaban, de hecho, podía pasarse aquellas dos horas simplemente cuidándolas, sin pensar en nada más. Pero aquella tarde, el suave tacto de la flor le recordó a tu piel. Cerró los ojos y acarició la superficie sedosa como si de tu espalda se tratara. La curva de tu columna, adentrándose en tu cuerpo y la cintura bajo sus manos, desnuda. Pero aquel pétalo también le recordó a tus labios. Húmedos de rocío, sedientos de sal, entreabiertos para ella, expectantes. Cogió las tijeras de podar y cortó un tallo que no pertenecía a la rosa y le hizo recordar lo que siente cuando te desnuda. Cada prenda que cae al suelo o a la cama, quitada a veces con prisa, a veces con calma. Hacía su propio camino hasta el paraíso. Olió el perfume que desprendían las flores y cerró los ojos, visualizando el color de tu pelo, igual que el de aquellas rosas que crecían ante si, y tu olor, ese que impregnaba las sábanas cuando te ibas, el que se quedaba marcado a fuego en su corazón.
Suspiró y, sin mucho cuidado, dejó caer su mano, haciendo que una de las espinas rasgara la piel de su dedo índice. Se lo llevó a los labios y sonrió para sus adentros. Incluso las cosas más bellas podían dañarte si no ibas con cuidado. Todos tenemos espinas, incluso tú, su porción de perfección en este mundo oscuro y demacrado. Pero, aunque estuvieras envuelta de espinas y tu solo tacto la hiciera sangrar, seguiría deseándolo, seguiría amándote, con la adoración incondicional brillando en sus ojos.
"¡Por Dios! La echo tanto de menos..." Pensó mientras veía el sol ponerse tras las montañas que rodeaban su humilde hogar. Volvió a mirar su rosal, aquel que había plantado porque le recordaba a ti. Suspiró apesadumbrada. Eres su rosa, su rosa con espinas, su luz, su vida, su oscuridad y su herida. Pero jamás, y tenlo presente, jamás, dejará de amarte, aunque los pétalos se marchiten, aunque se caigan, aunque se rompan, aunque crezcan más espinas, aunque te corten y te aparten de su lado.
Llueve, pero no me importa. Camino con calma, las manos en los bolsillos y la música en las orejas. La gente corre a mi alrededor. Odiaba las prisas. Una mujer chocó contra mi hombro, despistada. Chasqueé la lengua, molesta, pero seguí avanzando sin esperar una disculpa. El mundo iba demasiado rápido para mi gusto. Apreciaba la paz y el sosiego por el simple hecho de que por dentro, mi alma vivía en constante agitación.
Me gustaban las cosas que solo se pueden disfrutar cuando las haces lentamente. Por ejemplo, tomarte un café calentito mientras lees un buen libro aposentado en un mullido sillón al lado del fuego. O cuando saboreas un helado tirado bajo el sol de verano. O esas duchas eternas bajo el agua humeante que te ayudan a relajarte ante cualquier problema. O esas caricias y besos tiernos y dulces que podrían durar una eternidad y nunca te cansarías de ellos.
La lluvia calmaba mi mente. Me obligaba a detener el curso de mis pensamientos y a ordenarlos, colocarlos cada uno en su sitio. Era un buen momento para tomar decisiones, o, simplemente, para meditar sin que el resultado o la conclusión me llevaran a un ataque de ansiedad. Tan solo recordaba cosas, lo analizaba e inspeccionaba, sacando de ellos errores que no podía repetir. Experiencias vitales que me hacían crecer como persona.
Observo a mi alrededor y solo veo autómatas. Todos corren hacia sus obligaciones. Padres y madres que van a buscar a sus hijos. Empresarios que hablan por el móvil acalorados, apartándose la corbata del cuello bajo un paraguas austero. Señoras mayores que han sido sorprendidas en medio de la compra y se refugian en algún escaparate. Jóvenes que corren porque se han dejado el paraguas en clase y no quieren estropearse el pelo o la ropa.
¿Tanto cuesta pararse cinco minutos a admirar la lluvia? ¿Es tan difícil dejar que te moje un poco, que el agua se lleve consigo tus propios nubarrones negros? ¿Y si algún día dejara de llover? ¿Y si esta es la última tormenta que puedes presenciar?
No me gustan las prisas, prefiero caminar bajo la lluvia sin paraguas.
Dormían. Las piernas entrelazadas y la respiración tranquila. Un brazo rodeándola, la mano agarrada a la suya. Se acomoda, se esconde y tiembla. Tiene frío. Se acurruca en el calor que desprende. Sus cuerpos son uno, al igual que sus almas. Despierta. Abre los ojos y la contempla. Sus dedos acarician su piel, siempre tan suave. Sonríe y se pregunta si es merecedora de tanta perfección junta. Se mueve, la busca, nota su tacto y murmura su nombre. No es momento de pensar en nada más que no sea el ahora.
Sale el sol. Hablan. Murmullan palabras dulces al amanecer. Sus labios se buscan. Demasiado espacio entre las dos. Susurran sentimientos al oído y responden con besos tiernos, lentos, suaves, seda en la piel, amor en pequeñas dosis. Se miran y no dicen nada, pero a la vez lo gritan todo. Desbordan sentimientos y anhelos en las pupilas. Y se abrazan y se funden y se aman. Buscan un hoy mientras desean un para siempre.
Amantes, esclavas de la pasión y el deseo. Intensidad y ternura, es hielo y fuego, son las manos, la piel, los pelos de punta. Los suspiros se escapan, los besos se acumulan, los labios entreabiertos y la respiración agitada. Sábanas enredadas en pasiones desatadas. El cabello enredado, unas piernas que tiemblan, ojos que brillan. El sol se marca en su tensa espalda, la luz camina por sus pieles desnudas, cicatrices de amor, dientes en el cuello.
Piel contra piel, no hay barreras, solo el amor más puro y sincero. Sonríen, hablan y dormitan. Las horas pasan, observan su mirada, sus gestos, sus caricias eternas. Se aman y lo dicen, lo repiten porque parece que su voz no es suficiente. Bromean y ríen, sienten la ligereza de sus almas surcar su cuerpo. Felices. Saben que si existe un paraíso lo han encontrado. Se adoran, luz en sus ojos y sonrisas en los labios. Hagan lo que hagan, no pueden evitar sentir, sentir con intensidad.
Se aman, a su manera, sin reservas, con miedos y dudas, con cariño, con ternura, con suavidad, con pasión, en silencio y a gritos, con cuidado, con torpeza, con detalles, con deseo, a tientas. Se aman hoy y se amarán mañana, se amarán para siempre.
Cuando escuchó las llaves girar en la cerradura, sus músculos entraron en tensión. Tragó saliva y continuó dándole vueltas a los pimientos verdes que tenía en el fuego. Oyó la puerta cerrarse violentamente, los zapatos caer de cualquier manera por el vestíbulo y el sonoro golpe contra el mueblecito, acompañado de la pertinente maldición. Se mordió el labio inferior y se aferró a la espátula. Hoy, venía realmente enfadado.
- Cariño, ¿Dónde estás? - gritó él desde el comedor con la voz pastosa de quien ha bebido demasiado.
- En la cocina.- contestó, intentando parecer tranquila, pero sus palabras habían sonado exageradamente agudas.
Apareció en la puerta, con la camisa manchada de cerveza y la corbata puesta de cualquier manera. Se acercó y la abrazó por la espalda, empezando a besarle el cuello con demasiado ímpetu. Ella se sobresaltó e intentó apartarse, pero sus manos le apresaban la cintura con fuerza.
- Cielo, se me van a quemar los pimientos.- dijo en un susurro cargado de miedo. Él le resopló en el oido y se separó a regañadientes. Abrió la nevera y se sentó en el sofá, cerveza en mano.
Suspiró aliviada y vació la sartén en un plato, añadiéndole dos huevos fritos. Se lo llevó todo a su marido, que lo engulló con ansia. Ella se agarraba a la tela del sofá en completo silencio, esperando que él estuviera demasiado cansado y decidiese irse a dormir.
Pero no fue así.
Alejó el plato de su alcance y se acercó a su mujer completamente poseido por el deseo. Pasó una mano por su pecho, agarrándolo con demasiada intensidas, haciendo que ella soltara un gritito.
- Sabes que te gusta, zorrilla.- dijo mientras metía su otra mano bajo la falda.- No te resistas.
- Déjame.- empezó a implorar ella, intentando apartarlo, pero era demasiado débil para poder con él. Cuando notó sus fríos dedos en la entrepierna, se escabulló como pudo y se alejó hasta la otra punta del comedor.- ¡He dicho que me dejes!- gritó con desesperación.
Él se levantó con la ira chispeando en sus ojos, mezclada con la embriagadez de la cerveza. Dio un par de pasos hasta su mujer, la miró unos instantes, observando aquellos ojillos de bestia enjaulada y, sin pensárselo dos veces, le dio una sonora bofetada que la tiró al suelo. La sangre empezó a salir de su nariz y el golpe le había desenfocado la vista. Notó como él se agachaba a su lado y le agarraba el pelo, obligándole a levantar la cabeza.
- ¿Es que acaso te estás viendo con otro hombre?- preguntó enfurecido, pero, lo único que recibió como respuesta fueron sus sollozos.- ¡Contesta!- gritó mientras la zarandeaba con fuerza.
- N-no, no hay nadie más.- tartamudeó ella, empezando a llorar, haciendo que sus lágrimas se mezclasen con la sangre.
Su marido la tiró de cara al suelo y pudo oir como se bajaba la brageta a toda prisa. Notó un dolor agudo mientras él movía la cintura con violencia. No pudo evitar gritar y llorar, rezando para que él acabase rápido y la dejara en paz. Ni si quiera era capaz de decir ni una sola palabra, pues su cara había quedado apretada contra el suelo y la sangre de su nariz impregnaba la alfombra.
Al fin, él se levantó, y sin decir nada, se encerró en la habitación. A los pocos minutos, sus ronquidos eran lo único que rompía el imperioso silencia que se había instalado en el piso. La mujer se acurrucó en una esquina y vio una pequeña mancha de sangre en su falda. Hacía meses que aquella era su rutina diaria y ya no podía aguantarlo. Los moratones en su cuerpo cada vez eran más y los antiguos no acababan de curarse. Su nariz sangrababa con tan solo tocarla y cada vez que iba al baño, el papel se llenaba de una gran mancha rojiza. No tenía a nadie a quien acudir, ni padres, ni hermanos, ni si quiera vecinos. Estaba desesperada.
Una idea cruzó su mente. Con mucho esfuerzo, se levantó y se dirigió tambaleante hasta la cocina, donde agarró un enorme cuchillo. No tenía la fuerza suficiente para acabar con él, pero sí con ella misma.
Su último pensamiento antes de clavarse el cuchillo en el estómago fue que, al menos, aquel hijo de puta tendría que cargar con su muerte durante toda su miserable vida.