miércoles, 15 de mayo de 2013

Se aman


Dormían. Las piernas entrelazadas y la respiración tranquila. Un brazo rodeándola, la mano agarrada a la suya. Se acomoda, se esconde y tiembla. Tiene frío. Se acurruca en el calor que desprende. Sus cuerpos son uno, al igual que sus almas. Despierta. Abre los ojos y la contempla. Sus dedos acarician su piel, siempre tan suave. Sonríe y se pregunta si es merecedora de tanta perfección junta. Se mueve, la busca, nota su tacto y murmura su nombre. No es momento de pensar en nada más que no sea el ahora.
Sale el sol. Hablan. Murmullan palabras dulces al amanecer. Sus labios se buscan. Demasiado espacio entre las dos. Susurran sentimientos al oído y responden con besos tiernos, lentos, suaves, seda en la piel, amor en pequeñas dosis. Se miran y no dicen nada, pero a la vez lo gritan todo. Desbordan sentimientos y anhelos en las pupilas. Y se abrazan y se funden y se aman. Buscan un hoy mientras desean un para siempre.
Amantes, esclavas de la pasión y el deseo. Intensidad y ternura, es hielo y fuego, son las manos, la piel, los pelos de punta. Los suspiros se escapan, los besos se acumulan, los labios entreabiertos y la respiración agitada. Sábanas enredadas en pasiones desatadas. El cabello enredado, unas piernas que tiemblan, ojos que brillan. El sol se marca en su tensa espalda, la luz camina por sus pieles desnudas, cicatrices de amor, dientes en el cuello.
Piel contra piel, no hay barreras, solo el amor más puro y sincero. Sonríen, hablan y dormitan. Las horas pasan, observan su mirada, sus gestos, sus caricias eternas. Se aman y lo dicen, lo repiten porque parece que su voz no es suficiente. Bromean y ríen, sienten la ligereza de sus almas surcar su cuerpo. Felices. Saben que si existe un paraíso  lo han encontrado. Se adoran, luz en sus ojos y sonrisas en los labios. Hagan lo que hagan, no pueden evitar sentir, sentir con intensidad.
Se aman, a su manera, sin reservas, con miedos y dudas, con cariño, con ternura, con suavidad, con pasión, en silencio y a gritos, con cuidado, con torpeza, con detalles, con deseo, a tientas. Se aman hoy y se amarán mañana, se amarán para siempre.

martes, 14 de mayo de 2013

Face Down


Cuando escuchó las llaves girar en la cerradura, sus músculos entraron en tensión. Tragó saliva y continuó dándole vueltas a los pimientos verdes que tenía en el fuego. Oyó la puerta cerrarse violentamente, los zapatos caer de cualquier manera por el vestíbulo y el sonoro golpe contra el mueblecito, acompañado de la pertinente maldición. Se mordió el labio inferior y se aferró a la espátula. Hoy, venía realmente enfadado.
- Cariño, ¿Dónde estás? - gritó él desde el comedor con la voz pastosa de quien ha bebido demasiado. 
- En la cocina.- contestó, intentando parecer tranquila, pero sus palabras habían sonado exageradamente agudas. 
Apareció en la puerta, con la camisa manchada de cerveza y la corbata puesta de cualquier manera. Se acercó y la abrazó por la espalda, empezando a besarle el cuello con demasiado ímpetu. Ella se sobresaltó e intentó apartarse, pero sus manos le apresaban la cintura con fuerza. 
- Cielo, se me van a quemar los pimientos.- dijo en un susurro cargado de miedo. Él le resopló en el oido y se separó a regañadientes. Abrió la nevera y se sentó en el sofá, cerveza en mano.
Suspiró aliviada y vació la sartén en un plato, añadiéndole dos huevos fritos. Se lo llevó todo a su marido, que lo engulló con ansia. Ella se agarraba a la tela del sofá en completo silencio, esperando que él estuviera demasiado cansado y decidiese irse a dormir.
Pero no fue así.
Alejó el plato de su alcance y se acercó a su mujer completamente poseido por el deseo. Pasó una mano por su pecho, agarrándolo con demasiada intensidas, haciendo que ella soltara un gritito. 
- Sabes que te gusta, zorrilla.- dijo mientras metía su otra mano bajo la falda.- No te resistas.
- Déjame.- empezó a implorar ella, intentando apartarlo, pero era demasiado débil para poder con él. Cuando notó sus fríos dedos en la entrepierna, se escabulló como pudo y se alejó hasta la otra punta del comedor.- ¡He dicho que me dejes!- gritó con desesperación. 
Él se levantó con la ira chispeando en sus ojos, mezclada con la embriagadez de la cerveza. Dio un par de pasos hasta su mujer, la miró unos instantes, observando aquellos ojillos de bestia enjaulada y, sin pensárselo dos veces, le dio una sonora bofetada que la tiró al suelo. La sangre empezó a salir de su nariz y el golpe le había desenfocado la vista. Notó como él se agachaba a su lado y le agarraba el pelo, obligándole a levantar la cabeza.
- ¿Es que acaso te estás viendo con otro hombre?- preguntó enfurecido, pero, lo único que recibió como respuesta fueron sus sollozos.- ¡Contesta!- gritó mientras la zarandeaba con fuerza.
- N-no, no hay nadie más.- tartamudeó ella, empezando a llorar, haciendo que sus lágrimas se mezclasen con la sangre.
Su marido la tiró de cara al suelo y pudo oir como se bajaba la brageta a toda prisa. Notó un dolor agudo mientras él movía la cintura con violencia. No pudo evitar gritar y llorar, rezando para que él acabase rápido y la dejara en paz. Ni si quiera era capaz de decir ni una sola palabra, pues su cara había quedado apretada contra el suelo y la sangre de su nariz impregnaba la alfombra.
Al fin, él se levantó, y sin decir nada, se encerró en la habitación. A los pocos minutos, sus ronquidos eran lo único que rompía el imperioso silencia que se había instalado en el piso. La mujer se acurrucó en una esquina y vio una pequeña mancha de sangre en su falda. Hacía meses que aquella era su rutina diaria y ya no podía aguantarlo. Los moratones en su cuerpo cada vez eran más y los antiguos no acababan de curarse. Su nariz sangrababa con tan solo tocarla y cada vez que iba al baño, el papel se llenaba de una gran mancha rojiza. No tenía a nadie a quien acudir, ni padres, ni hermanos, ni si quiera vecinos. Estaba desesperada.
Una idea cruzó su mente. Con mucho esfuerzo, se levantó y se dirigió tambaleante hasta la cocina, donde agarró un enorme cuchillo. No tenía la fuerza suficiente para acabar con él, pero sí con ella misma. 
Su último pensamiento antes de clavarse el cuchillo en el estómago fue que, al menos, aquel hijo de puta tendría que cargar con su muerte durante toda su miserable vida.


jueves, 2 de mayo de 2013

Hablando sobre la vida

La vida es un suspiro. En cuanto te acostumbras a un cambio, llega otro. Y así constantemente. Hasta que nos llega la muerte. Entonces, no tienes opción, ni si quiera te da tiempo a aceptarlo, simplemente, te mueres. ¿Y qué hay después de esto? Unos dicen que el cielo o el infierno, otros hablan de reencarnación, y algunos no creen en nada. Siempre me ha gustado pensar que cuando me muera mi alma seguirá viva mientras alguien me recuerde. Puede que ni si quiera tenga alma, a lo mejor, ni si quiera soy un ente pensante independiente, quizá sea el producto de la imaginación de otro.
Y aún con esa incertidumbre volando sobre mi cabeza, no me queda otro remedio que vivir. Es lo único que puedo hacer, yo y todos. Y ya que tengo que vivir, debería hacerlo lo mejor que pueda. Pero, claro, eso no es fácil. Y si a alguien le parece fácil esta vida que venga a contarme su secreto. Pero, pese a todas las dificultades que se me han echado encima y que se me echarán, yo seguiré adelante. Porque, supongo que vale la pena hacerlo. Nadie me puede asegurar que cuando me muera podré contemplar una puesta de sol en verano u oír la lluvia en una tormentosa tarde primaveral.
Pero, por encima de todo, no sé si cuando me muera habré hecho todas aquellas cosas que alguna vez he deseado hacer. Creo que eso es lo que me mantiene con vida, los sueños. Si no fuera por estas ridículas metas ni yo, ni muchos otros, seguiriamos avanzando. Porque, aunque sea una chorrada, para ti eso es importante. Cada día, miles de personas se levantan de la cama porque tienen un objetivo que cumplir.
Siempre he sido una persona que se ha movido por retos, o por demostrarle a alguien que en realidad, soy más fuerte de lo que aparento. Creo que ha sido eso lo que me ha mantenido con vida. Me pasé años perdida y a la vez seguía queriendo demostrarle al mundo que no podría conmigo. Y aunque me rendí muchas veces, soy como el ave Fénix, renaciendo siempre de mis cenizas. Y en realidad, todos llevamos esa capacidad de reponernos después del desastre. Solo hay que encontrar la fortaleza suficiente para hacerlo.
Pero a veces, no puedes. Simplemente, eres incapaz de rehacer las piezas, de volver a montar tu puzzle interior. Y es entonces cuando los sueños y las metas no te sirven, porque tú mismo estás incompleto, eres como un coche al que le falta una rueda, hagas lo que hagas, te será imposible avanzar. Supongo que no somos de piedra, tampoco somos invencibles, podemos caer y no volvemos a levantar. Es una elección propia y nadie debería juzgarnos por ello. Si uno decide acabar con su viaje porque ha perdido el sentido, no puedes obligarle a vivir sin rumbo. A la larga, acaba siendo peor.
Cada mañana, cuando me despierto, me pregunto porque debería levantarme. Y me voy contestando, primero, pienso en las cosas más pequeñas, como, por ejemplo: "debo comprar tabaco". Puede sonar ridículo, pero, gilipolleces así hacen que acabe por salir de la cama. Pero cuando eso no funciona, voy enumerando metas más grandes que requieren un esfuerzo mayor por mi parte. Al final, siempre encuentras alguna excusa para mover el culo.

La vida es efímera, no sé cuanto tiempo se me ha dado, pero quiero aprovecharlo tanto como pueda.

lunes, 18 de marzo de 2013

Love is our resistance


Fumaba despacio, dejando que el humo ardiera en mis pulmones. La noche hacía tiempo que había caído. Las nubes tapaban el cielo y la oscuridad era la dueña del lugar. Pensaba en ti. Aunque eso, lo hacía a todas horas.  Me dedicaba a echarte de menos y he de decir, que se me daba muy bien. De hecho, no hacía otra cosa en todo el día más que eso. Puede parecer una pérdida de tiempo, pero supongo que sufrir tu ausencia forma parte de lo que conlleva amarte.
Pero lo llevo bien, sí, en serio. Bueno, vale, ¿a quién pretendo engañar? No tenerte cerca me consume por dentro. No es solo el simple hecho de que no puedo abrazarte cuando me da la gana, sino, más bien es que no puedo estar a tu lado cuando me necesitas. Eso, para mí, es casi insoportable. Porque, aunque soy buena con las palabras, no son suficientes para calmarte.
¿Qué tal unas alas para aparecer en tu ventana cada noche? Supongo que pido demasiado. Pero, privarme de estar entre tus brazos es privarme de descanso, de paz, de serenidad, de felicidad al fin y al cabo. Porque solo soy capaz de encontrar todos esos sentimientos y sensaciones cuando estoy contigo, cuando me dejo atrapar por tu mirada, cargada de amor y adoración hacia mí persona. Es increíble encontrarme con eso cada vez que nos vemos, es alucinante, fantástico. Perfecto, como tú misma, con todos tus defectos y malos ratos.
A veces, simplemente espero que sepas que mientras yo exista, no estarás sola. A veces, quiero que entiendas que si vivo es por ti. Quiero que comprendas que sin ti no puedo concebir la idea de un yo, que ya no somos entes separados sino que formamos un todo. Un todo, una vida, una eternidad, y me parece poco, ínfimo si me apuras. Porque a tu lado el tiempo corre en mi contra y sin ti, parece una losa de piedra pegada a mi cabeza, aplastándome, convirtiéndome en mísero polvo que solo lucha por volver a tu lado.
Solo era un alma perdida, me encontraste y ahora soy tuya. Tengo razones para alzarme otra vez, tengo algo por lo que luchar y ese algo eres tú. Y no sé exactamente porque lucho, al principio pensé que era por mí, luego me di cuenta de que tu espalda estaba junto a la mia. Luchamos por nosotras, porque por muchos monstruos que se nos echen encima, seguimos aquí, seguimos adelante.
Cometemos errores, nos hacemos daño, nos partimos en mil pedazos, pero sabemos algo, algo que nos mantiene a flote y es que nos amamos, y no podemos negarlo, ni esconderlo, porque es lo que nos hace seguir con vida, es lo que nos hace ser un “nosotras” y no un “tú y yo”. Es por lo que luchamos, es por lo que superamos miedos y dudas, es por lo que en tus brazos me siento a salvo, es por amor.

Nunca lo olvides, love is our resistance. 


jueves, 14 de marzo de 2013

Detrás de las cámaras


- Te esperan en el plató cinco en diez minutos, Jane.- dijo Carter sacando su fea cabeza por la puerta de mi camerino.
Suspiré, o más bien, podría decirse que resoplé cual caballo. ¿Aburrimiento? ¿Desgana? ¿Apatía? Ya no sabía qué demonios era aquel sentimiento que se apoderaba de mí cada mañana. Ni si quiera el potente café que me preparaba mi ayudante conseguía despertarme del todo. Estaba cansada, harta de aquella farsa, de todas las mentiras y  engaños que me envolvían. Aquella película estaba acabando con mi poca integridad mental.
Salí de la estancia casi arrastrando los pies. Juliet, la maquilladora, me miró enfadada.
- Jane, deberías dormir más, tu personaje no tiene ojeras, y taparlas, me cuesta horrores, cada vez están más lilas.- Intenté decir algo coherente, pero lo único que salió por mi boca fue un extraño gruñido.- Sabes que Mike está cansado de tu actitud ¿verdad?
- ¿Qué actitud, Juliet?- pregunté, más para contentarla que por verdadero interés. Me importaba poco lo que pensará o dejara de pensar Mike.
- Ya sabes.- musitó ella, acercando sus estropeados labios a mi oído.- A penas te muestras en público, no estás por la labor, parece como si no estuvieras del todo en este mundo.
Me quedé mirando mi reflejo durante unos instantes mientras ella aplicaba una enorme capa de maquillaje en mi rostro. ¿Estaba en este mundo? ¿O me había quedado atrapada en aquella terrible imagen? Todavía recordaba su silueta recortada por el sol de media tarde, sus pantalones bajados a la altura de las rodillas, su mano, aferrada al pelo largo y espeso de aquella niñata, moviendo su cabeza hacía delante y hacía atrás. Me quedé largo rato observándolos. Mi marido, el director de la mayor parte de mis películas con aquella niña entrometida que había contratado como ayudante.
- Jane, ¿me estás escuchando?- Juliet había acabado de pintar mi cara. Mis arrugas habían desaparecido, así como mis ojeras. Hacía bien su trabajo, sin duda.- Ve a cambiarte, tienes unos cinco minutos.
Me levanté del sillón, pero no me dirigí al vestuario. Me asomé al plató, y lo vi allí, sentado en su silla, con sus cincuenta años encima, las canas rodeándole el rostro y sus ojos clavados en el generoso escote de su ayudante. Me acerqué sigilosamente y rodeé su hombro con mi mano.
- Cariño, dejo la película.- anuncié. No era una idea meditada, ni si quiera lo había consultado con la almohada. Fue un impulso, un acto inconsciente de una mujer cansada de ser la imagen de una belleza inexistente, cansada de ser la dama de oro de su marido, cansada de todo y de nada en particular. Quizá me iría a un país lejano, a Europa, me encantaba Europa. Viajaría por Roma, Paris y Londres, sitios que solo había podido ver metida en mi larga limusina, lugares en los que solo había pisado la alfombra roja que disponían a las supuestas estrellas del cine. Pero para mi, ese mundo ya estaba agotado, consumido en mentiras, en una riqueza que había ganado como ahora esa niña ganaría. Simplemente, porque le había hecho una buena mamada a un joven director que le prometió la eterna gloria.
- Pero, Jane, no puedes dejar la película ahora.- dijo él, levantándose de su silla y apartando a su ayudante de un manotazo.- Estamos en pleno rodaje.
- Búscate a otra, yo me voy.- sentencié, dándole la espalda con decisión. Empecé a caminar y no paré hasta llegar a mi coche, donde mi chófer, me miró extrañado.- Llévame lejos Frank, tan lejos como puedas.  

lunes, 11 de marzo de 2013

Lost in stereo




La semioscuridad me envuelve, la estancia es iluminada por las luces parpadeantes de una bola de discoteca casera. La música resuena en los altavoces enchufados al ordenador, y mientras bailo, influida por el efecto embriagador de las drogas, no puedo dejar de mirarte. Saboreo aquella pequeña porción de locura que se destila en tu cuerpo convulso. Me apodero del detallado destello de tu pelo rojizo moviéndose arriba y abajo. Cantas como si mañana tuvieran que quitarte la voz y mientras desatas todo lo que llevas dentro, saltas de un lado a otro.
Sonrío, pues se te ve feliz. Intento parar el curso de mis pensamientos y simplemente, dejarme llevar yo también por la locura. Me miras. Tus labios entreabiertos forman una pícara sonrisa ladeada. Te acercas y te pones a mi espalda. Cadera contra cadera, empiezas a moverte y yo sigo tu ritmo dejando que tus manos se paseen por mi cuerpo. Siento tu respiración jadeante en mi hombro, tu voz cantando entre susurros en mi oreja.
Me giro, poso mis manos en tu cuello y, por un momento, decido observarte. Tu pelo alborotado cae disperso por tu cara. Lo aparto con cuidado y paso a fijarme en el intenso brillo de tus ojos, ligeramente enrojecidos. Deseo, ansia, pasión, necesidad, me embriagan, me atrapan, me sumergen en un pozo del que ni puedo ni quiero salir. Mi mano en tu nuca te acerca, la otra, sobre tu cintura, rompe la distancia que separaba nuestros cuerpos.
Y ya no puedo más, quizá sea porque el humo se ha metido en mi cabeza, quizá sea la música que se ha apoderado de mi ser, pero esta noche tus labios parecen más irresistibles de lo normal. Por eso me acerco y te beso. Me pierdo completamente en todo aquello que los sentidos me transmiten, no pienso, no actúo, no avanzo ni retrocedo, simplemente, me dejo llevar. 

miércoles, 27 de febrero de 2013

Motitas de polvo


En su casa, los domingos de limpieza eran sagrados. Después de desayunar, aún con el pijama puesto, cogía el plumero y empezaba a danzar por armarios, estanterías y muebles. Toda una fiesta para el polvo, que quedaba en el aire unos instantes y luego se volvía a posar en algún sitio grácilmente. A veces, le gustaría ser una motita de polvo. Aunque. En realidad, muchas veces se sentía como ellas, teletransportadas arriba y abajo sin ningún sentido, simplemente, se movían.
Su hermano le tiró un trapo húmedo a la cara y, distraída, empezó a pasarlo por una de las estanterías del estudio. Si algo le gustaba de su casa, era el estudio de su madre. Una estancia pequeña y absolutamente desordenada. Nadie se atrevía a entrar allí, era una especie de santuario prohibido. Sin embargo, a ella le encantaba pasearse por las cuatro estanterías allí dispuestas, las dos más grandes, para los libros y las demás para los cd’s. a veces, dejaba el trapo a un lado, analizaba la música y acababa por escoger un álbum al azar. Lo cogía con suma ternura, consciente de que si le rompía algo a su madre, directamente, la mataba entre los peores sufrimientos. Puso el cd en el gran reproductor y dejó que las primeras notas envolvieran la habitación. Linkin Park, el grupo que más escuchaba su progenitora, sonaba por el estudio.
Acabó con las estanterías y miró el escritorio dubitativa. La cantidad de papeles que ahí había era innombrable. El ordenador, siempre encendido, se había quedado en un documento Word con tan solo tres líneas escritas. Pasó el trapo por el teclado lleno de polvo, cogió la taza de café a medio acabar y limpió  la mancha que había dejado grabada en la madera. Se sentó en la gran silla de cuero negro, puso los pies encima de la mesa y empezó a cotillear papeles. Facturas, historias sin acabar, cuentos sin final, comunicados, cartas de admiradores y más facturas. Colocó cada cosa en su cajoncito y reordenó la cantidad de bolis, lápices y plumas que se congregaban en la gran mesa con cierto desorden artístico. Meneó la cabeza satisfecha con su trabajó y llevó la taza a la cocina.
La puerta del piso se abrió y su madre entró cargada de bolsas. Las dejó en la encimera, abrió la nevera y se puso a colocar cosas mientras se quejaba de su agente.
- Estoy harta de ese maldito engreído.- protestó poniendo las lechugas de cualquier manera.- Sabe que la reunión con los editores es mañana y me pone una conferencia el mismo día.- Tiró los huevos por ahí mientras su hija se la miraba, más preocupada por la comida que por lo que le iba diciendo.- Y encima tu hermano tiene entreno y estoy sola y no puedo encargarme de todo.
- Yo puedo ir a buscarlo.- se ofreció ella, acercándole un par de pizzas.
- Gracias cielo, eres un solete.- le dio un afectuoso beso en la frente.- ¿Puedes acabar de poner la compra en su sitio? Tengo que hacer una llamada importante.- asintió y la vio encerrarse en su estudio.
Cuando acabó con las innumerables bolsas, se coló otra vez en el pequeño rincón de su madre, se sentó en la silla y la observó dar vueltas arriba y abajo mientras discutía acaloradamente con alguien.
Desde que su otra madre se había marchado a un congreso de no sabía exactamente que, la casa era un caos. Entre los tres se las apañaban como podían pero la ausencia de orden y disciplina se notaba demasiado. A veces, cuando veía juntas a sus dos madres, se preguntaba cómo demonios podían estar juntas siendo tan diferentes. Una, era la perfecta imagen del desorden, la irracionalidad y la improvisación. La otra era todo lo contrario, pulcra, absolutamente lógica y no dejaba nunca un cabo suelto. Cuando discutían, una de las dos acababa por desaparecer unas horas hasta que volvía con las ideas claras para solucionar las cosas. Era como si sus diferencias no importasen. O, tal vez, era que las carencias de una las complementaba la otra y podían crear un equilibrio casi perfecto.
Pero lo que de verdad le hacía pensar que estaban hechas la una para la otra, era aquella mirada de admiración, amor y pasión que se veía en sus ojos cada vez que se observaban. Envidiaba a sus madres, ella también quería encontrar a alguien así, alguien que, pese a todo, la amara incondicionalmente. Su madre colgó el teléfono y cayó derrotada en el pequeño sofá que tenía en una esquina. Ella, decidió sentarse a su lado y abrazarla. Pese a que se parecía muchísimo más a su otra madre, tanto en carácter como de aspecto. Las quería a las dos por igual y sabía que cuando una de las dos faltaba en casa, ella debía procurar que su ausencia no se notara tanto.
Y allí, entre los brazos de su madre, acabó por concluir que, al fin y al cabo, todo éramos como motitas de polvo movidos arriba y abajo por los impulsos de nuestras emociones y pensamientos.