miércoles, 27 de febrero de 2013

Motitas de polvo


En su casa, los domingos de limpieza eran sagrados. Después de desayunar, aún con el pijama puesto, cogía el plumero y empezaba a danzar por armarios, estanterías y muebles. Toda una fiesta para el polvo, que quedaba en el aire unos instantes y luego se volvía a posar en algún sitio grácilmente. A veces, le gustaría ser una motita de polvo. Aunque. En realidad, muchas veces se sentía como ellas, teletransportadas arriba y abajo sin ningún sentido, simplemente, se movían.
Su hermano le tiró un trapo húmedo a la cara y, distraída, empezó a pasarlo por una de las estanterías del estudio. Si algo le gustaba de su casa, era el estudio de su madre. Una estancia pequeña y absolutamente desordenada. Nadie se atrevía a entrar allí, era una especie de santuario prohibido. Sin embargo, a ella le encantaba pasearse por las cuatro estanterías allí dispuestas, las dos más grandes, para los libros y las demás para los cd’s. a veces, dejaba el trapo a un lado, analizaba la música y acababa por escoger un álbum al azar. Lo cogía con suma ternura, consciente de que si le rompía algo a su madre, directamente, la mataba entre los peores sufrimientos. Puso el cd en el gran reproductor y dejó que las primeras notas envolvieran la habitación. Linkin Park, el grupo que más escuchaba su progenitora, sonaba por el estudio.
Acabó con las estanterías y miró el escritorio dubitativa. La cantidad de papeles que ahí había era innombrable. El ordenador, siempre encendido, se había quedado en un documento Word con tan solo tres líneas escritas. Pasó el trapo por el teclado lleno de polvo, cogió la taza de café a medio acabar y limpió  la mancha que había dejado grabada en la madera. Se sentó en la gran silla de cuero negro, puso los pies encima de la mesa y empezó a cotillear papeles. Facturas, historias sin acabar, cuentos sin final, comunicados, cartas de admiradores y más facturas. Colocó cada cosa en su cajoncito y reordenó la cantidad de bolis, lápices y plumas que se congregaban en la gran mesa con cierto desorden artístico. Meneó la cabeza satisfecha con su trabajó y llevó la taza a la cocina.
La puerta del piso se abrió y su madre entró cargada de bolsas. Las dejó en la encimera, abrió la nevera y se puso a colocar cosas mientras se quejaba de su agente.
- Estoy harta de ese maldito engreído.- protestó poniendo las lechugas de cualquier manera.- Sabe que la reunión con los editores es mañana y me pone una conferencia el mismo día.- Tiró los huevos por ahí mientras su hija se la miraba, más preocupada por la comida que por lo que le iba diciendo.- Y encima tu hermano tiene entreno y estoy sola y no puedo encargarme de todo.
- Yo puedo ir a buscarlo.- se ofreció ella, acercándole un par de pizzas.
- Gracias cielo, eres un solete.- le dio un afectuoso beso en la frente.- ¿Puedes acabar de poner la compra en su sitio? Tengo que hacer una llamada importante.- asintió y la vio encerrarse en su estudio.
Cuando acabó con las innumerables bolsas, se coló otra vez en el pequeño rincón de su madre, se sentó en la silla y la observó dar vueltas arriba y abajo mientras discutía acaloradamente con alguien.
Desde que su otra madre se había marchado a un congreso de no sabía exactamente que, la casa era un caos. Entre los tres se las apañaban como podían pero la ausencia de orden y disciplina se notaba demasiado. A veces, cuando veía juntas a sus dos madres, se preguntaba cómo demonios podían estar juntas siendo tan diferentes. Una, era la perfecta imagen del desorden, la irracionalidad y la improvisación. La otra era todo lo contrario, pulcra, absolutamente lógica y no dejaba nunca un cabo suelto. Cuando discutían, una de las dos acababa por desaparecer unas horas hasta que volvía con las ideas claras para solucionar las cosas. Era como si sus diferencias no importasen. O, tal vez, era que las carencias de una las complementaba la otra y podían crear un equilibrio casi perfecto.
Pero lo que de verdad le hacía pensar que estaban hechas la una para la otra, era aquella mirada de admiración, amor y pasión que se veía en sus ojos cada vez que se observaban. Envidiaba a sus madres, ella también quería encontrar a alguien así, alguien que, pese a todo, la amara incondicionalmente. Su madre colgó el teléfono y cayó derrotada en el pequeño sofá que tenía en una esquina. Ella, decidió sentarse a su lado y abrazarla. Pese a que se parecía muchísimo más a su otra madre, tanto en carácter como de aspecto. Las quería a las dos por igual y sabía que cuando una de las dos faltaba en casa, ella debía procurar que su ausencia no se notara tanto.
Y allí, entre los brazos de su madre, acabó por concluir que, al fin y al cabo, todo éramos como motitas de polvo movidos arriba y abajo por los impulsos de nuestras emociones y pensamientos.  

viernes, 18 de enero de 2013

Huir


Abrió el armario con cuidado y suspiró. Empezó a sacar toda la ropa que durante veinte largos años había estado acumulando, y la fue separando en dos montones encima de la cama. Uno se quedaría allí para siempre, el otro se iría con ella. Observó sus camisetas de cuadros. Tres las dejó con sumo cuidado en un lado, una, su favorita, la puso en el otro. Sacó sus preciadas sudaderas y descartó dos, las demás, las dobló con delicadeza u las puso junto a la camiseta. Poco a poco, el armario y la cajonera se vaciaron. Cada prenda que decidía dejar atrás llevaba consigo un recuerdo, memorias que se quedarían en el olvido.
Dos horas tardó en tener lista la maleta. No se llevaría nada más a parte de su preciada mochila. Descolgó de la habitación pósters y fotos, cogió los objetos más personales y los fue metiendo en cajas. Libros, carpetas de recuerdos, libretas plagadas de escritos, todo, se quedaría allí junto a los recuerdos de una adolescencia marcada por la oscuridad. Se iba, lejos, para empezar de cero en un lugar donde su nombre fuera completamente desconocido. Miró el reloj, el tiempo jugaba en su contra si quería desaparecer sin despedirse de nadie.
Cogió las tres cartas que había escrito la noche anterior al amparo de la luz de una simple vela. Cogió la primera, la más larga, dirigida a sus padres y la metió dentro de un sobre donde escribió “papá, mamá” con letra clara. No quiso releerla, pues temía ponerse a llorar, o peor, echarse atrás en su huida. Miró la segunda, la dobló y la puso en otro sobre donde escribió el nombre de su hermano. Lo echaría de menos, pero sabía que la entendería y que, dentro de unos años, volverían a verse. Y finalmente, la tercera carta, dirigida a su primo, aunque sería más correcto decir mejor amigo. Le prometía volver para llevárselo consigo algún día. Él, también merecía escapar.
Suspiró, dejó los tres sobres en un sitio visible, cogió la maleta y la mochila y las colocó en el coche. Se encendió un cigarrillo y fumó pausadamente, observando el calmado paisaje que se postraba a sus pies. La ciudad, lejana y ajena a las montañas que la rodeaban, seguía su ritmo frenético. Dio una vuelta sobre sí misma, preguntándose si en el futuro volvería a pasear por aquellos salvajes bosques. Apagó lo poco que quedaba de cigarrillo y se metió en el coche, poniendo la música lo más alta posible, intentando retener las lágrimas que se acumulaban en sus ojos inevitablemente.
Conducía con rapidez, siguiendo el ritmo de las canciones que iban sonando. Finalmente, llegó a su destino. Cogió el móvil, envió un mensaje y esperó. Diez minutos después, una alta chica de pelo rojizo dejaba una maleta al lado de la suya y se sentaba a su lado sonriente.
- No hace falta que vengas conmigo si no quieres.- dijo mirándola directamente a los ojos, sabiendo que si ahora ella se echaba atrás no tendría fuerzas para marcharse. La chica meneó la cabeza un par de veces, sonrió y le dio un ligero beso en los labios.
- Arranca o perderemos el avión.- contestó recostándose en el sillón.
Se iban, las dos, lejos de allí. Su primer destino sería Londres, pero el mundo entero estaba esperando su visita y cada pequeño rincón tenía algo que ofrecerles. Era ahora, cuando empezaba su verdadera vida. 

lunes, 14 de enero de 2013

Es el juego del deseo

Un temblor, escalofríos por mi espalda. Una caricia, la ternura en tus dedos. Un beso, la eternidad en un instante. Me muerdes, mis uñas en tu espalda. Es el juego del deseo es la lucha del placer. La batalla de mis labios contra los tuyos, la pelea de nuestras lenguas, a ver quien puede más, a ver quien cede menos. 
La miel de tus ojos se derrite en mi piel. Ya no hay reglas, solo el primario instinto de cazador y presa. Tú te dejas, yo domino. Los papeles cambian, tú me controlas, yo suspiro. Mis dedos avanzan, tu piel me alcanza y entre suspiros desatas las cuerdas que me sujetan a la realidad desvaneciéndome entre tus sábanas. 
Es mi corazón que late por ti, es tu respiración que se agita por mi. Es la música de nuestras caricias, tímida tentativa del deseo. Veo brillar tus ojos, pasión desenfrenada en tus labios. Nos sobra la ropa, nos falta tiempo, se escurre entre nuestros dedos, la noche pasa, el sol ilumina mi blanquecina piel. He ganado la eternidad en un grito. 
Tu nombre en mi espalda, tiemblan tus dedos. Mis labios en tu cuello, tus manos en mi piel. Las risas nerviosas, los suspiros inevitables. Tú y yo, nada más importa. Las horas se pasan, incansable es el poder del deseo. Pero tus ojos se cierran mientras mis manos se pierden en tu pelo, tu respiración se calma, te acurrucas y duermes.
La fugacidad de un sueño se desvanece en estas palabras. 

jueves, 10 de enero de 2013

Reflexionando sobre zapatos


Zapatos… Curioso artefactos, sin duda. ¿Dónde estaría el ser humano sin un buen par de zapatos? No me imagino a los soldados romanos caminando largas distancias sin sus preciadas sandalias. Aunque, claro, también es verdad que los hombres de las cavernas no llevaban zapatos. Pero, si me permitís el atrevimiento, me imagino los pies de aquellas criaturas como los de los Hobbits de J.R.R Tolkien, grandes, duros y peludos. Vaya… Eso último ha parecido otra cosa…
Pero, centrándonos en la más estricta actualidad, no somos nadie sin zapatos. No seríamos capaces de dar dos pasos sin la calidez de un buen calzado en nuestros piececillos, suaves e indefensos. Y solo nos los quitamos en ocasiones especiales, ya sabéis, cuando queremos notar el agua de la playa entre nuestros dedos o la hierba recién cortada de nuestro jardín. Todo muy bucólico y peliculero. Pero nadie habla sobre la incómoda y horrible arena que se te engancha en los pies mojados o de la araña que pasa por tu estupendo jardín y decide instalarse en tu pie. No, decididamente, de eso no se habla.
No estamos en una sociedad realista. A nadie le apetece darse cuenta de que nada es tan bonito como alguien te lo pueda pintar. Por ejemplo, siguiendo el ejemplo de nuestros queridos zapatos, ¿Por qué tienes que llevar cierto tipo de calzado dependiendo de adonde vayas? ¿Por qué no puedo entrar en una discoteca con unas converse e ir a trabajar con zapatillas de ir por casa? ¿Por qué? Simplemente, la sociedad así lo ha impuesto.
Lo mismo pasa con la ropa. ¿Por qué un ejecutivo de una gran empresa no puede ir a trabajar vestido como si fuera a pasear al perro? ¿Es que acaso el traje tiene una especie de influencia ancestral en el cerebro del ser humano que ayuda a pensar mejor? ¿O quizá es que la corbata, escañando cuellos desde tiempos inmemoriales, ayuda a que el rendimiento de los trabajadores sea mayor? ¿Sinceramente? Yo creo que todos rendimos mejor trabajando en chándal. O en lo que a cada uno le parezca más cómodo, podríamos ir hasta desnudos. Bueno, no, creo que eso último ha sido demasiado radical incluso para mí. Pero, seriamente, ¿qué utilidad le veis a un traje a no ser que sea para poner cachonda a una mujer o a un hombre homosexual? Porque yo solo lo veo adecuado para eso…
Pero, sin duda alguna, volviendo a los zapatos, el peor calzado, el más demoníaco donde los haya, son los tacones. Es algo que escapa a mi comprensión. ¿Por qué las mujeres tenemos que torturarnos de esta manera? Le he estado dando vueltas y de verdad que no les encuentro utilidad alguna. Y ahora seguro que muchos dirán “Oh, pero es que los tacones ayudan a las chicas bajitas a parecer más altas”. Sí, sí, eso está muy bien, pero ¿para qué quieres fingir algo que no eres? Cuando te quites esos zapatos de tacón de tres metros, seguirás siendo igual de bajita. Pero, lo que es más importante, si las mujeres de estatura baja se ponen tacones para parecer altas… ¿Por qué los hombres bajitos no hacen lo mismo? Después de preguntarme esto, llegué a la conclusión de que los tacones, tan delicados y elegantes, causantes de miles de torceduras de tobillo y ampollas en los pies, son un invento de un hombre.
Y es por todo esto que yo voy a las discotecas con unas preciosas vans, me niego a ponerme tacones y voy vestida como me da la gana, cuando me da la gana y donde me da la gana. A eso se le llama libertad, y es algo por lo que todos deberíamos luchar algún día.  

lunes, 5 de noviembre de 2012

Estancada

Busco la infinidad en cada palabra, busco sentirme libre cuando el mundo se disponga bajo mis pies, quiero aprender a volar sin la necesidad de alas, porque no las tengo, se me rompieron viajando al infierno. Volví de la muerte con más fuerza pero parece que se me acaban las pilas. Cuando todo va bien, cuando parece que nada puede romperte, algo llega y te deja arrastrándote en el fondo de la oscuridad, de donde nunca tuviste que salir.
Navegas por un mar de extrañas muertes, te sientes sola aunque sabes perfectamente que no lo estás. Tan solo quieres ser tú misma en un mundo donde eso, parece estar mal visto. Buscaba desahogarme en algo más que palabras, pero me ahogo en lágrimas sin sentido. Persigue tus sueños, me dijeron una vez, ¿y que pasa cuando los sueños son demasiado inalcanzables? Eso no sale en los libros de los que me he estado alimentado, eso no sale en las películas que he visto. ¿Donde está la promesa de un futuro mejor?
No logro entender el mundo, tampoco a mi misma, no sé lo que me falta ni tampoco lo que quiero, pero me quejo, porque es mi única manera de despertar de las pesadillas. Te abrazas a ala almohada y te preguntas que coño estás haciendo con la vida que se te ha dado y nunca sabes que contestar por muchas veces que te lo cuestiones. Después sigues con tus dudas, ¿Porque no eres feliz cuando lo tienes todo? Te ahogas en ti misma, quizá por propia inercia o simplemente por estupidez. 
La vida sigue después de todo, te adaptas a ella y cuando tienes arrugas en al cara te dices "Esto era lo mejor, aquel sueño nunca se hubiese hecho realidad" y mueres habiendo pasado por la vida como una alma en pena. 

lunes, 29 de octubre de 2012

Susurro en sueños tu nombre.

Apartas la mirada. 
Te sudan las manos.
Cierras los ojos.
Respiras.
"Mírame" te susurro. "Estoy aquí".
Agachas la cabeza y la apoyas en mi hombro, no dices nada, dejas que te acaricie el pelo.
"¿Porque eres tan buena conmigo?" Preguntas escondida entre los pliegues de mi sudadera.
"Porque te quiero" Respondo yo sonriendo "Y eso no va a cambiar" 
Te apartas pero sigues sin mirarme. 
Humedeces tus labios, te los muerdes, sonríes tímidamente.
Levantas la vista.
Tus ojos... Los veo brillar con intensidad. 
Abres la boca, quieres decir algo, las palabras no te salen.
"No tienes porque decir nada" suavizo yo. 
"Quiero decirlo" me contestas tú, no noto ese cadente temblor en tu voz, esta vez, es diferente. 
Mi vista se va al suelo, aunque yo parezca fuerte a veces no lo soy. 
"Mírame" me susurras "Estoy aquí"
Mis ojos... Por ti ellos sonríen otra vez.
"Te quiero" me dices entre susurros. 
Te acercas, me besas, capturo el momento en mi mente.
Al fin y al cabo, tan solo es sueño...

lunes, 22 de octubre de 2012

Buenos días

Me desperté un tanto desorientada. No estaba en mi cama, tampoco en mi casa. Me giré pero a mi lado no había nadie. Levanté un poco la cabeza esperando verla a mi alrededor, sin embargo parecía que nunca hubiese estado allí. "No lo he soñado" me dije a mi misma frotándome los ojos. Entonces me di cuenta de que me encontraba en su habitación. Aquella estancia destartalada, la silla llena de ropa, el escritorio desordenado con hojas a medio escribir dobladas por todas partes, así como un ejército de bolígrafos situados estratégicamente por toda la mesa. Sin duda aquello no podía ser otra que su habitación. 
Después de situarme, decidí salir al comedor envuelta en la manta que nos había tapado a las dos aquella noche. Todavía podía sentir su esencia entre los pliegues. Abrí la puerta de la habitación, pero tampoco te encontré en el sofá tal y como esperaba. Sin embargo oí como alguien se movía en la cocina y me dirigí hacía allí cada vez más impaciente. De espaldas a la puerta con una taza entre las manos, el pelo castaño completamente revuelto, estaba la persona que quería. No pude evitar acercarme y abrazarla por detrás apoyando mi cabeza en la sudadera holgada que se había puesto.
- Pensaba que no despertarías nunca .- dijo mientras se giraba para darme un dulce beso.- Buenos días.
- Tus labios saben a café.- comenté inocentemente mientras me los mordía un tanto tímida. 
- Te he preparado una taza.- alargó el brazo y la cogió acercándomela, después le puso un par de cucharadas de azúcar y me la dio.- Ves con cuidado, todavía está caliente.- Asentí agradecida y le di un sorbo.
Me acurruqué entre sus brazos enrollada en la manta y aguantando la taza como podía. Ella pasó su brazo por mi hombro rodeándome completamente. Le dio un largo trago a su café y me besó el pelo con cuidado. "Te quiero" dijo acercando sus labios a mi oído, después mordió con cuidado el lóbulo de mi oreja haciéndome temblar de arriba a abajo. Me giré y me puse de puntillas para besarla "Yo también te quiero" le dije sonriendo ampliamente. 


Esta imagen me inspira. Tú me inspiras.